H1: ‘Simplicius Simplicissimus’

De un tiempo a esta parte, parece que todo se está simplonizando. Netflix da directrices para que las películas duren poco, tengan diálogos redundantes sin subtexto, y los protagonistas verbalicen la trama -e incluso la acción- para que la gente no se pierda. Hace años, en Cannes, recuerdo a un director creativo amigo delante de una gráfica como quien se ensimisma ante un Matisse. Le pregunté qué hacía, y me respondió: “Interpretando”. Ahora, cuando paseo entre las gráficas en San Sebastián, me sorprende la falta de piezas que merezcan una mirada atenta. Líricamente, son tiempos más de Bad Bunny que de Bob Dylan. Y aquello que contaba Borges, que en su juventud pasaba las noches de los sábados discutiendo con amigos sobre metáforas y rimas, ya no se estila.

Los tiempos y los lenguajes cambian, y eso afecta tanto a la atención como a la creación. Para viralizar un vídeo en TikTok la duración óptima está entre 7 y 15 segundos, y la media, entre 30 y 45. Si en los primeros tres segundos el vídeo no capta la atención, es scroleado sin piedad. Sin embargo, puedes pasar una hora cincuenta y cinco minutos escroleando sin levantar la mirada, pero eres incapaz de llegar al primer giro de la trama de Desayuno con diamantes sin desconcentrarte. Si es que llegas a ver Desayuno con diamantes, claro, porque es más probable que el algoritmo te exponga a películas gemelas a otras ya vistas para no incomodarte con argumentos que te reten. Blade runer fue un fracaso en taquilla, lo mismo que El Club de la lucha o Qué bello es vivir. Necesitaron tiempo para que la gente comprendiese y amase su complejidad. Hoy, no hay tiempo para segundas miradas. Scroll, y a otra cosa. La próxima Cadena perpetua no existirá jamás porque el algoritmo no da segundas oportunidades.

Y esta tendencia simplona de consumo afecta también a la creación: a la profundidad, los temas, tramas, conceptos, diálogos, producción… En el cine, literatura, publicidad, redes… Y, por si fuera poco, la inteligencia artificial amenaza con convertir también la creatividad en un proceso cada vez menos exigente.

Personalmente, me gustaría hacer un llamamiento a complicarse la vida. A desafiar la falta de atención, y a no dejarse arrastrar creativamente por la inmediatez de la IA. La IA aporta muchas cosas buenas, pero no debería llevarnos a simplonizar aún más la vida. Más bien al contrario, debería facilitarnos que nos la compliquemos. La IA debería hacernos más exigentes con nosotros mismos, no menos.

Y es que no es lo mismo sencillez que simplonería. Simplicius Simplicissimus es un clásico alemán de 1668. El protagonista es un niño tan simplón que recibe el apodo de Simplicio. Al principio vive aislado del mundo, en el bosque. Unos soldados lo raptan y lo llevan a la corte. Al verlo tan tontorrón, el gobernador lo viste de bufón y el chico aprende a hacerse el bobo para sobrevivir. Y así pierde su inocencia. Simplicio revela su astucia y se une al ejército. Allí, su arco negativo se desarrolla y se transforma en un tipo arrogante, ladrón y saqueador. Sin embargo, tras contraer enfermedades, enviudar y arruinarse, sufre una crisis existencial y comprende las vanidades vacías a las que ha dedicado su vida. Entonces vuelve a su origen, al bosque, donde se retira como ermitaño, buscando la sencillez espiritual de su infancia, pero ahora como elección desde las cicatrices de haberlo vivido todo.

Y esa es la gran diferencia. La simplonería proviene de la falta de mundo y experiencia. La sencillez, en cambio, es el fruto de la sabiduría.

Artículo originalmente publicado en la Revista Anuncios.